Lectores de mi corazón.
Me defino como una persona bastante introvertida. No tengo problema con quedarme sola, me gusta el silencio, a veces prefiero escuchar que hablar.
Aunque eso no significa que no tenga que dar una opinión para dar, o que no pueda hablar en público. Modestia aparte tengo cierta habilidad para expresarme.
Socializar nunca ha sido mi prioridad, sin embargo, soy consciente de que es muy importante. Finalmente, los seres humanos son sociales por naturaleza… Aunque llegué tarde a la repartición de amigabilidad. En general, tengo que hacer un ejercicio mental previo muy intenso cuando sé que estaré rodeada de muchas personas, en especial cuando no me conocen muy bien.
Primero, porque además de ser introvertida, soy muy seria. Mi mirada es profunda y en ocasiones desafiante. Puedo pasar por antipática, pero tal vez solo estoy exhorta en mis propios pensamientos o incluso preocupaciones, preocupaciones que no me abandonan hasta en los mejores momentos o con las mejores personas.
Mi ceño siempre está fruncido, como si me la pasara de mal humor. A algunos seres humanos les parece un tanto irritante esa característica mía.
Así que antes de estar con más personas, en especial si apenas voy a interactuar con ellas por primera vez, debo pensar en mis gestos, mi postura física, mi tono de voz, que complementa divinamente esta cara de brava que me gasto.
Aunque tiene sus ventajas: En ocasiones termina alejando gente que no vale la pena, y sé que quienes se quedan les interesa ir más allá de que lo que se ve a simple vista.
Pero a veces pasa algo que muy seguramente muchas personas introvertidas me podrán entender: Se me va agotando esa “Batería Social”. No puedo dejar de preguntarme como hacen esas personas tan sociales… A veces me encuentro a mí misma en una reunión ligeramente agotada, física y mentalmente, y van surgiendo las ganas de partir porque ya me está costando socializar. Dependiendo del entorno y con quienes esté, sé que tal vez me deba esforzar un poco más… ¿O no?