Formas de vivir y de tener la casa son tan múltiples como personas hay.
En mi caso, en la medida de lo posible, me gusta un poco más el orden y la organización. Sin obsesionarme, eso sí. Pero considero que tener la casa ordenada, contribuye invaluablemente a la paz mental. Y ni se diga que lo mío es el trabajo en casa.
Mi habitación, el lugar de trabajo, la cocina… Deben tener un mínimo orden y limpieza.
De hecho, cuando organizo o cuando limpio, me siento plena en gratitud: Gratitud por la casa que Dios me ha proveído para vivir, por el sector donde vivo, por los espacios con los que cuento.
Es lo que para mí funciona. Para otras mamás u otras familias tal vez esto no sea tan importante, y eso funciona para estas mamás, para estas familias. Universos únicos con sus propias reglas.
Para mí un acuerdo básico de convivencia son niveles mínimos de organización. Entiendo que el orden de cada uno es diferente, pero por lo menos tener cada cosa en su lugar y mantener cierta higiene para mí si es primordial.
Esto se constituye en todo un desafío si se tienen adolescentes en casa. Por ahí leí que el desorden de sus habitaciones es un reflejo de su desorden mental, propio de la etapa de la vida en la que están. Puede que sea cierto. En mi mente un poco más tradicional, lo siento como una excusa para no poner el cepillo para el cabello en el puesto. Una excusa ni mandada hacer, me sabrán perdonar quienes se dedican a la psicología. Siquiera basta con cerrar la puerta y mirar para otro lado ¿Será posible ignorarlo?