Lectores de mi corazón.
Si han leído mis cartas anteriores saben que tengo una hija adolescente, con quien ha sido fascinante analizar lo que nos rodea. Sin dejar de ser un desafío (Cualquiera que tenga un adolescente en casa, sabe a qué me refiero), en la adolescencia se desarrolla un sentido crítico en ellos que es bastante interesante explorar.
Pero quienes están rodeados de infantes, dígase menores de ocho años, saben lo divertidos que pueden ser los momentos con ellos. Con sus ocurrencias, su inocencia, su creatividad y espontaneidad, llegamos a ver el mundo con otros ojos. Como que renuevan nuestra fe en la humanidad. Nos dan pequeños chispazos de que todo puede ser mejor, llenan las casas de alegría y nos motivan a ser mejores.
Claro, que los hay de muchas formas de ser, y también malcriados, que terminan pagando los platos ratos de una mala educación y falta de límites que son responsabilidad de sus padres o cuidadores. Pero en general, los infantes llenan de alegría y luz cualquier espacio. Ayudan a hacer de este mundo, un lugar un poco más habitable